El lío
ospecho que una parte importante de los problemas y fracasos educativos está provocada por sistemas ideológicos ocultos, frecuentemente emocionales, que influyen en nuestro modo de pensar, sentir y actuar sin que apenas nos demos cuenta. En La recuperación de la autoridad estudié el entramado que hizo que, por causas casi siempre acertadas, la autoridad cayera en crisis. George Lakoff, un famoso lingüista, acaba de hacer algo parecido estudiando las afiliaciones políticas. Pues bien, una de las líneas de investigación de Mermelada & White pretende investigar las creencias y emociones -los “sistemas ocultos”- que presionan a la baja a nuestra educación.
Les pondré un ejemplo. Tengo el pálpito de que los bandazos que dan las pedagogías, los sistemas educativos, las leyes educativas o penales que afectan a la infancia y la adolescencia tienen su origen en que las sociedades occidentales no saben qué hacer con los niños y menos aún con los adolescentes. Exagerando un poco, no saben si llevarles a un correccional o darles una Visa Oro.
Estamos hechos un lío. El jueves pasado di la conferencia inaugural de unas Jornadas organizadas por las Facultades de Derecho y de Psicología
de la Universidad de Comillas sobre “Psicología y Derecho del Menor”, un tema interesante para la educación, porque trataba, entre otras cosas, de cómo se define y mide la madurez de un adolescente. Titulé mi conferencia “Las edades inciertas en Derecho”. El derecho que afecta a la infancia y a la juventud es caótico. No hay acuerdo en las legislaciones entre países ni en la legislación dentro de cada país. La responsabilidad penal comienza en unos Estados a los 7 años (Australia, India, Irlanda, Reino Unido, Sudáfrica, Estados Unidos). Hay otros en que no hay edad mínima (México, Polonia, Luxemburgo, Mauritania), por lo que un niño puede ser condenado aunque tenga 4 años. En Estados Unidos hay más de cien casos de niños condenados a cadena perpetua sin remisión por crímenes cometidos antes de los 13 años.
El caos legislativo se da también dentro de cada Estado. En España, los términos “adolescencia” o “juventud” no tienen contenido legal. Sólo existe minoría o mayoría de edad, de manera que la infancia llega hasta los 18 años. Ante esta situación, algunas Comunidades Autónomas están definiendo la infancia hasta los 12 años, y la adolescencia de 12 a 18. Pero el acceso a los derechos se hace progresivamente, en este orden tan extraño: a efectos penales hay cuatro edades diferentes, 14, 16, 18 y 21 años; a los 13 años se considera que una niña tiene madurez suficiente para mantener relaciones sexuales consentidas con un adulto, a los 14 los niños pueden casarse con dispensa judicial y emanciparse, reconocer un hijo tenido dentro o fuera del matrimonio, hacer testamento, y sacar permiso de armas de fuego; a los 16 tienen derecho a decidir sobre todo lo que afecte a la salud, y a tomar decisiones sobre el aborto sin conocimiento de los padres; también pueden trabajar y, por lo tanto, pagar impuestos. Pero hasta los 18 no puede beber una cerveza ni, por supuesto, votar. ¿Por qué somos tan incoherentes?
Un segundo lío.
Por otra parte, el tradicional concepto de “patria potestad” ha entrado en conflicto con el principio del “superior interés del menor” que debe regir toda la legislación sobre el niño. El Derecho ha dado un colosal bandazo, porque la patria potestad ha pasado de ser un conjunto de derechos que tenían los padres hacia sus hijos, a ser sólo un conjunto de deberes. La figura de los padres se ha vuelto sospechosa. Se ha convertido en dogma la ocurrencia de Freud: “Hagan lo que hagan, los padres lo harán siempre mal”. En Francia, la influencia de Françoise Dolto en este sentido fue demoledora. En nuestro país, el año 2007 se eliminó un párrafo del artículo 154 del Código Civil, que decía “los padres podrán corregir moderada y razonablemente a los hijos”. La prensa saludó al día siguiente la medida con espectaculares titulares: “Suprimida la bofetada del Código Civil”, “El Código Civil acaba con el maltrato físico”. Nada de eso estaba, por supuesto, en la frase eliminada.
Estos y otros ejemplos me convencen de que mientras la sociedad no se aclare sobre estos temas, la educación no prosperará. O sea, que son los adultos quienes tenemos que volver a la escuela.
MIRANDO CON MICROSCOPIO Y CATALEJO. Los que trabajamos en “Mermelada and White” sabemos que la información es nuestro poder, y la buscamos debajo o encima de las piedras. Ya les presentaré a las investigadoras –porque son chicas las dos – que se ocupan de estar al tanto de lo que pasa. Lo que va a afectarnos se cuece en muchas cocinas diferente, que intentaremos visitar. En estos días nos han llamado la atención los temas de portada de dos grandes semanarios franceses de información general. Le Point titula: “Los que masacran la escuela”. Le Nouvel Observateur: “Fracaso escolar: las soluciones”. Le Point se refiere a un libro de Sophie Cognard, Le pacte inmoral, subtitulado “Cómo sacrifican la educación de nuestros hijos”. Se lo comentaremos cuando lo hayamos leído, si es que vale la pena hacerlo. Según el resumen de la revista, el pacto inmoral se ha dado entre los gobiernos y los ideólogos de la educación, redactores de programas poco sensatos. Hace una crítica, a título de ejemplo, de la enseñanza de la Lengua. Se acabó la gramática de la frase, y emerge la gramática del texto, reservada antes sólo para especialistas universitarios (¿se acuerdan de lo que pasó en España con la “teoría de conjuntos” aplicada a las matemáticas infantiles?). Ahora hay que hablar de “esquemas actanciales”, “adyuvantes” y “adyuvados”, y cosas así. Le Nouvel Observateur considera que tenemos soluciones para cambiar la escuela y acabar con el fracaso. Menciona siete: acabar con las notas, enseñar la autonomía, trabajar por proyectos, aprender a su ritmo, fomentar el gusto por las ciencias, implicar a los padres, dar significado al diploma. Tendremos tiempo de hablar de todo ello.
El Magazine de “El Mundo” publica en portada. “Niños atrapados por el sexo. Relaciones sexuales antes de los 14 años aprendidas en Internet. La generación XXX”. No hace mucho, la American Psychological Association advirtió a sus miembros –todos los psicólogos y terapeutas americanos- que se estaba produciendo una sexualización precoz de las niñas, muy poco conveniente para ellas. De esto, por supuesto, los responsables somos los adultos, que no acabamos de tener las cosas muy claras con la sexualidad y, una vez más, transmitimos nuestras confusiones a los niños.
Por último, les hemos seleccionado un sugestivo artículo de Mente y cerebro, dedicado a la neurobiología de la lectura. Se refiere a los trabajos de un neurocientífico que pronto visitará este blog, Stanislas Dehaene, que ya había hecho importantes estudios sobre el cerebro matemático, y ahora ha escrito Les neurones de la lecture, donde explica cómo la lectura reconfigura el cerebro. Estas son palabras mayores. Hasta el martes.




